Una de las marcas de esa influencia fue el cocoliche, surgido en los conventillos donde convivían inmigrantes italianos y sus familias. Rey Cano lo definió como “una forma mal hablada del español, que es este intento de hablar español de parte de los inmigrantes directos de Italia”.
En ese registro aparecían formas como “diche” por “dice” o “amico” por “amigo”. Con el tiempo, ese cruce derivó en el lunfardo, una jerga que mezcló vocablos italianos y españoles y que se expandió a través del tango y de la cultura urbana de Buenos Aires.La especialista dio un ejemplo de esa permanencia: “Morfar es lunfardo”. También advirtió que muchas personas usan hoy palabras nacidas en esa mezcla sin identificar su procedencia italiana: “Sin tener quizás algo directo de los italianos, tenemos palabras del lunfardo”.
La entonación porteña actual conserva una musicalidad que, según investigaciones citadas por Luna Rey Cano, es casi idéntica a la del napolitano (Imagen Ilustrativa Infobae)Para Rey Cano, ese proceso no quedó detenido en una etapa histórica. El acento argentino, sostuvo, es “capas sobre capas con la historia” y su forma cambia según la región y el contexto social.
La diversidad regional aparece con fuerza fuera del área rioplatense. Rey Cano sostuvo que el habla cambia de manera marcada incluso a poca distancia de la capital: “Hacés 150 kilómetros para un lado, para el otro de la ciudad de Buenos Aires y cambia completamente”.
En el litoral, la especialista ubicó un rastro claro del guaraní en provincias como Corrientes y Misiones, donde la entonación resulta más aguda. En esa misma zona, palabras como “mandioca” o “sapucay” pasaron al vocabulario cotidiano.
En el norte, el quechua mantiene presencia en Jujuy, Salta y Santiago del Estero. “Todavía hay quechua en el castellano mismo, en el día a día”, explicó Rey Cano, que señaló además que “mate” proviene de “mati”, término quechua para calabaza.
Sobre el acento cordobés, la antropóloga lo vinculó con los pueblos comechingones. Según indicó, esa raíz ayuda a explicar una entonación más pausada y prolongada, y precisó que ese rastro “se rastrea lingüísticamente de los comechingones, que son todavía pueblos que viven en las sierras”.



