Sin embargo, la película configura su propio universo, marcado por las propias obsesiones del director, como por ejemplo el espacio suburbano en el que se ubica la acción, que siempre ha sido el protagonista de todos sus filmes y que aquí se muestra como un elemento fundamental en la trama: un vecindario de los años ochenta aparentemente idílico que se verá sacudido por un extraño fenómeno cósmico al verse trasladado al periodo jurásico, con toda la fauna característica de la época, entre la que se encuentran los grandes depredadores prehistóricos.
La familia protagonista, los Platt, se encuentra en un proceso delicado. El matrimonio formado por Denise (Anne Hathaway) y Greg (Ewan McGregor) está en crisis, mientras sus hijos adolescentes, Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery) asisten al resquebrajamiento de su vida cotidiana, que saltará definitivamente por los aires y pondrá en ‘stand by’ esta situación cuando se produzca la brecha espacio-temporal que los conducirá a la era de los dinosaurios.David Robert Mitchell siempre ha tenido una capacidad inusual para plasmar el extrañamiento y aquí lo lleva al máximo exponente, de modo que la realidad se suspende y cualquier cosa puede ser posible en este nuevo universo en el que el pasado se funde con el presente.
El director recupera un modelo de cine que hacía tiempo que se había abandonado: una superproducción familiar que escapa a los códigos habituales, en la que encontramos riesgo, decisiones visuales inesperadas, imaginación, una mezcla de géneros de lo más vibrante (en la que cabe el drama doméstico, la ciencia ficción al estilo de The Twilight Zone, la fantasía y un toque de gore muy de serie B).
Por supuesto, también encontramos implícito el homenaje al cine de los años ochenta, con referencias a la factoría Amblin y a películas como Poltergeist, Encuentros en la tercera fase, Regreso al futuro, El chip prodigioso y, por supuesto, Parque Jurásico.
Sin embargo, aunque no se esconda el parentesco, Mitchell consigue que El final de Oak Street tenga su identidad propia. Ahí está la manera en la que filma los suburbios como espacios inquietantes en los que salta por los aires en ‘sueño americano’, la integración de la cultura pop, o que aparezca una ama de casa que escribe a escondidas y fantasea con abandonar a su familia.
El director maneja la tensión de manera portentosa y retrasa al máximo la aparición de las criaturas, creando una atmósfera enrarecida, lo que ha llevado a muchos a vincularla con Tiburón, de nuevo, Steven Spielberg. Además, la película no trata a sus criaturas solo como amenazas. Mitchell ha explicado que quería mostrar a los dinosaurios como animales que comen, beben, defecan o mantienen relaciones sexuales. Esa intención se traduce en imágenes inusuales dentro del blockbuster contemporáneo y en momentos que no están pensados para un público infantil.
El resultado es un thriller jurásico tan inesperado como gozoso, a veces desvergonzado, otras terrorífico, pero siempre juguetón y autoconsciente. Hay rapaces emplumadas de aspecto engañosamente inofensivo, estegosaurios en el bosque, una serpiente prehistórica y un T. Rex heredero directo del modelo de 1993.
La dimensión emocional no desaparece bajo el espectáculo. Los conflictos de los Platt adquieren suma importancia dentro de la trama: Greg ha perdido su trabajo y bebe, Denise es una escritora frustrada, Brian fuma a escondidas y Audrey teme el divorcio de sus padres.
El humor negro está siempre presente, y hace que haya situaciones absurdas que se disfruten por su propia naturaleza, como que se golpee a un T. Rex con un martillo, que se inicie una misión de rescate suicida por un perro o la ya citada cópula entre dos dinosaurios, elementos que parecen sacados de una película de serie B, dicho sea en el buen sentido.
Lo mejor es que, en este caso, no sabes en ningún momento lo que va a pasar a continuación. Y eso, hacía tiempo que no nos lo ofrecía ninguna película de entretenimiento, porque todas parecen cortadas por el mismo patrón, todas repiten hasta la saciedad los mismos esquemas y, en este caso, Mitchell parece disfrutar saltándoselos y jugando con lo que ya tiene a hacer algo nuevo.



