Muchas cosas pueden decirse del nuevo jefe de Gabinete, Diego Santilli. Puede hablarse, como lo hizo Javier Milei, de su "músculo político". Pueden mencionarse también su paciencia para la rosca, su condición de histórico del PRO y su carácter de bombero de los fuegos más voraces que se desatan en el gobierno de extrema derecha, como fue el caso el año pasado, cuando compitió y ganó nada menos que con la cara del sospechado José Luis Espert en las boletas bonaerenses.
Cuando jure esta tarde como reemplazante de un Manuel Adorni defenestrado por el consenso social y político, acaso haya que añadirle el rol crucial que podría caberle en el armado de la oferta electoral de las derechas.
¿Adiós al "próximo paso" nacional que Mauricio Macri asegura preparar?
Santilli encarna hoy un doble papel de bisagra.
Por un lado, en la interna entre Karina Milei y Santiago Caputo, en la que no deja de orbitar en torno a la primera, pero sin sufrir ruidos con el segundo.
Por el otro, entre el PRO, su partido, y La Libertad Avanza (LLA) en la provincia de Buenos Aires, donde se dirimirá, como es habitual, la madre de todas las batallas en los comicios del año próximo.
Si todo marchara acorde al plan oficial, Santilli debería ser el candidato a gobernador bonaerense de una unidad que podría conllevar una condición de hierro de la Casa Rosada: que el PRO no siga el pedido de Paolo Rocca, que no pergeñe una candidatura presidencial independiente y que las derechas vayan unidas no sólo en territorios clave, sino también a nivel nacional. Con hegemonía paleolibertaria y detrás de Milei, desde ya.

Este dato es fundamental para el peronismo, que en los últimos días viene coqueteando y avisando –por ahora desde usinas laterales, como Sergio Berni y Guillermo Moreno– con una posible ruptura. ¿Será sólo cosa de ellos o, tal vez, una advertencia de origen más relevante?

La idea sólo podría tener un sentido diferente al de ir a menos en base a la hipótesis de un divorcio de las derechas en la presidencial, lo que convertiría a la primera vuelta de octubre de 2027, con un cisma paralelo en el peronismo, en una remake de 2003: una elección de cuartos y sin visos de resolución en primer turno.
Según los más osados, una postulación bendecida por Cristina Fernández de Kirchner –una realmente peronista, explican– podría disputar con la "socialdemócrata" o "zurda" que le adjudican a Axel Kicillof. En unas primarias o, incluso, directamente por afuera, dijeron los mencionados. Habrá que determinar si representan a alguien más que a sí mismos.
"De acuerdo con una encuesta reservada que tiene la expresidenta, un candidato de Cristina le sacaría al gobernador 17 puntos de los 31 que mide. Una cuenta amenazante", escribió Gabriela Pepe hace pocos días en una nota publicada en Letra P. ¿Qué clase de búsqueda hay en esa medición?
Quienes apuestan a un escenario fragmentado y de derechas divididas deberían releer el presente.
"El PRO es la mejor escuela de gestión pública de nuestro país", posteó en X Silvia Lospennato al felicitar a Santilli por su ascenso. Es cierto: el partido otrora amarillo y hoy de color indefinido –¿anaranjado?– ha sido un semillero de cuadros muy relevante para un gobierno que asumió con mucho menos que lo imprescindible.

Sólo por mencionar a primeras líneas, habría que aludir a Patricia Bullrich, a Toto Caputo, a Federico Sturzenegger y a Juan Bautista Mahiques, quienes ya cruzaron definitivamente el Rubicón y se instalaron en la margen de ultraderecha. Pero, sin que hayan renunciado a sus pertenencias de origen, habría que señalar también al nuevo jefe de Gabinete y a su socio político de larga data, el presidente del bloque del PRO en la Cámara de Diputados y líder del partido en la Provincia, Cristian Ritondo.



