Imagen generada con inteligencia artificial (Gemini).
Creer o reventar: habrá que aceptar nomás la existencia de la maldición del tercer año de los presidentes argentinos. De otro modo no se comprende cómo pudo haber pasado Javier Milei en tiempo récord de un triunfo electoral resonante, de una conformación nueva del Congreso que le resultó todo lo favorable que se podía esperar, y de la consiguiente sanción del Presupuesto y la reforma laboral, a la crisis multidimensional que se avecina.
Nubes negras lo amenazan desde todos los frentes: la corrupción, el estado de la economía, las amenazas que suma la guerra en Irán y el peligro de que su amigo grandote, Donald Trump, pase en unos meses de garante de su estabilidad a espectador impotente.
La corrupción, esa llaga nacional siempre abierta, viene anunciando su regreso al primer plano del debate desde hace tiempo; lo curioso es que un sector importante de la ciudadanía haya creído –y un sector también amplio de la política haya fingido creer– que la administración de extrema derecha venía a solucionar algo en ese frente.
Las revelaciones del fin de semana sobre el Libragate fueron tan vehementes contra el Jefe de Estado y su entorno más íntimo que resultan difíciles de asumir en sus consecuencias. ¿Qué se hace con un presidente que, aun en baja, conserva niveles de apoyo relevantes, pero que a la vez compra todos los números en la rifa de los causales objetivos de un juicio político?
Los nubarrones suben en la atmósfera y, conforme se enfrían, su vapor amenaza con convertirse en lluvia copiosa.
El relato, justamente, hace agua. Si Milei ha logrado llegar y sostenerse diferenciándose de "la casta", a la que asimila con una corrupción que él vendría a barrer, y prometiendo inflación cero, cabe preguntarse a qué argumento enganchará en las próximas semanas su razón de ser histórica.
El índice de precios, de hecho, trepa desde hace nueve meses y la promesa presidencial de que comience con cero en agosto no se cumplirá. La desazón cunde y los dichos de Toto Caputo de que, en todo caso, eso ocurrirá en septiembre, octubre o cuando sea parece más una bandera blanca de rendición del dogma monetarista que un simple recálculo.
Ya antes de que detonaran los escándalos de Manuel Adorni y, ahora, de nuevo de Javier y Karina Milei, las encuestas comenzaban a mostrar un deterioro. Algo esperable cuando la motosierra no da tregua, los precios castigan, las paritarias se mantienen reprimidas, la industria y el comercio no encuentran piso y lo que queda de empleo de calidad se convierte en cuentapropismo.

De acuerdo con el último sondeo de Pulso Research (1800 casos, nacional, online y con margen de error de +/- 3,5 puntos porcentuales), por primera vez son más los argentinos que culpan al Gobierno de las penurias económicas que a la herencia peronista.

Más significativamente, la aprobación presidencial parece, según ese y otros trabajos, ubicarse en un escalón cercano e incluso inferior al 40%. Para Pulso, bajó a 37,2%, lo que eleva el rechazo neto a 17,6 puntos porcentuales, el peor registro de la era Milei.

Y esta es solamente la foto previa a la lluvia.
La revelación de la presencia de la esposa de Adorni, Bettina Angeletti, en el avión que trasladó a la comitiva presidencial a Estados Unidos fue el primer traspié de la última semana. El caso, indebido pero económicamente anecdótico, expuso la distancia que va de los dichos oficiales a los hechos. El vocero y jefe de Gabinete debe haberse arrepentido de haber anunciado hace no mucho tiempo que esas prácticas quedaban vedadas para siempre en el Gobierno.

La autojustificación de que necesitaba a su "compañera de vida" para paliar el dolor de "deslomarse" por los argentinos en Nueva York y la alusión del jefe de Estado acerca del "costo marginal" de la invitación no ayudaron al Gobierno, pero más daño hizo la primicia de Sebastián Lacunza en ElDiarioAr sobre una escapada de la familia Adorni a Punta del Este en un vuelo privado. Después de eso, muchas cosas quedaron bajo la lupa: la nueva incongruencia entre palabras y actos, entre declaraciones juradas y tren de vida, entre amistades y negocios en la TV pública, y otros. El vocero, siempre veloz para la canchereada, de pronto se quedó sin recursos para encarar a la prensa sin tener que rendir cuenta de sus defecciones éticas.
Un clavo saca a otro clavo, pero el drama se da cuando la "solución" en mayor que el problema. Y volvió a estallar el caso Libra.
Este escándalo de gran magnitud se cocinó a fuego lento. Vale recordar brevemente el crescendo de una cronología explosiva.
Clarín dijo a fines de enero que el criptoaventurero Hayden Davis había firmado un acuerdo confidencial con Milei para convertirse en asesor del Gobierno en tecnologías descentralizadas y blockchain "apenas quince días antes del lanzamiento del token $LIBRA".
El viernes 6 de este mes, la abogada y periodista Natalia Volosin reveló en La Justa que el fiscal del caso, Eduardo Taiano, había cajoneado, sin sumar al expediente del Libragate, documentación extraída del teléfono del lobista Mauricio Novelli, puntualmente una factura y el borrador de dicho "acuerdo confidencial".



