No te sobresaltes: a tus ojos no les pasa nada malo ni es demasiado temprano para desPertar. Ocurre que hoy vamos a hablar de la Justicia borrosa de la Argentina, un tema ineludible cuando se ventilan en ese ámbito tantas posibles corruptelas y se usan varas tan diferentes según el sector político –o de poder– del que se trate.
El tema es especialmente pertinente cuando el país se apresta a recordar el medio siglo del último golpe cívico-militar, fecha que invita a hacer un balance de la calidad de la democracia que supimos construir y del estado de lo que debería ser su primer y más fundamental mandato: la vigencia de una institucionalidad razonablemente sana. ¿La tenemos?
El avance del juicio oral por la "causa Cuadernos", la presencia de Cristina Fernández de Kirchner en la audiencia de ayer –sólo ella entre todos los acusados–, las sospechas que efectivamente merecen esclarecimiento, la evidencia de irregularidades groseras en la instrucción y el "siga, siga" que dictamina frente a ellas el aparato judicial contrastan con fuerza con lo que "el sistema" parece dispuesto a hacer con las últimas revelaciones del Libragate.
Efectivamente, CFK debe responder sobre la corrupción que es evidente que hubo durante sus gobiernos, expuesta en las imágenes de los bolsos de José López y en muchas otras formas. Sin embargo, las normas del debido proceso deberían regir en lo que supone que es un país civilizado. La mala calidad de largos tramos de la transmisión de la audiencia de ayer fue toda una metáfora del carácter borroso de la Justicia federal.

Mientras, enfrente, el ministro de Justicia más "casta" que podría imaginarse, Juan Bautista Mahiques, exculpó al jefe de Gabinete por el escándalo Aero Adorni, salió a actuar como un abogado particular de Javier Milei y reveló el modo en que planea operar para que la causa por la criptoestafa se caiga: usar la divulgación de la miríada de pruebas cajoneadas por el fiscal Eduardo Taiano para plantear la fantasía de una manipulación de las mismas.
¿Eso es lo mejor que tienen para decir Javier y Karina Milei de los registros de decenas de llamadas con el lobista Mauricio Novelli, de los borradores de contratos impropios para funcionarios públicos, de la coincidencia entre las anotaciones de coimas por 5 millones de dólares y los actos del jefe de Estado, y del audio en el que el "criptobro" menciona dos veces que hay que cumplir con un pago de "4000 para Karina"?
La Constitución de 1994 es maravillosa, tanto como lo fue en su hora su predecesora, la de 1853-1860. Sin embargo, no hay texto ni sistema que valga cuando la calidad de los actores que deben darle vida es tan defectuosa.

La Jefatura de Gabinete no es lo que pensó Raúl Alfonsín porque los sucesivos presidentes jamás aceptaron una atenuación de su poder. El Consejo de la Magistratura no funciona porque fue copado por intereses corporativos y porque fue utilizado como una herramienta de conchabo y protección para amigos, así como un arma arrojadiza contra rebeldes.
El problema de la falta de calidad democrática no radica en la Carta Magna, sino en los actores que deberían cumplirla.
La Argentina republicana demostró por enésima vez que la república no le interesa, sino apenas la destrucción del peronismo. Sus principales referentes lo dieron todo: desaparecieron de los lugares que solían frecuentar y callaron todo lo que pudieron sobre las revelaciones de $LIBRA, al filo de la indignidad, a la espera de que la caja de sorpresas que es el celular de Novelli deje de vomitar horrores. Todo pasa.
El Congreso, en tanto, está plagado –sí, esa es la palabra adecuada– de oportunistas que intercambian –tal vez esta no sea la palabra adecuada– sus votos de modo sorprendente.
La ciudadanía, por último, también es responsable de cerrar los ojos ante corruptelas de ayer, de hoy y de siempre en base a lo que Carlos Pagni suele describir, con ironía y acierto, como un "pacto mafioso": te dejo robar sólo mientras mi economía personal mejore.
"Me puedo morir presa con este Poder Judicial", denunció CFK.
En una excelente crónica publicada en Letra P, Martín Soler describió lo que ocurrió en la audiencia por "Cuadernos" de modo preciso.
"En Comodoro Py –dijo–, donde las causas suelen escribirse en expedientes, en la mañana se escribió también otra cosa: un relato. No uno nuevo, sino la continuidad de una historia en la que la protagonista se niega a aceptar el papel que le asignan".
"Cristina Fernández de Kirchner habló como si el juicio fuera una tribuna. No pidió absolución; cuestionó las reglas del juego. No respondió preguntas; construyó un alegato. No se defendió en términos técnicos; atacó en términos políticos", remató.

Milei y sus ingenieros del caos habrán seguido esa parte de la jornada parándose en el último escalón previo al del escarnio: el otro es más ladrón que yo.
Sin embargo, la realidad esa causa está llena de irregularidades. Su timing eterno está hecho para que anime la previa de la elección presidencial del año que viene. Las acusaciones contra el dream team de la "patria contratista", quienes buscaron subterfugios para hacer pasar presuntas coimas por aportes de campaña, algo tan burdo que perforó la niebla de los tribunales. Cuadernos que no son tales, que fueron quemados y luego renacieron de las cenizas en forma de fotocopias, además señaladas por una pericia como adulteradas. La autoría llamativa de un chofer, Oscar Centeno, a quien se le dio por anotar todo lo que veía.



