La pequeñez –intelectual, política, retórica y hasta ética– del discurso que Javier Milei pronunció el domingo a la noche ante el Congreso se hizo notar muy especialmente por una omisión: llamó poderosamente la atención la ausencia de, al menos, alguna advertencia sobre los problemas que podría ocasionarle a su visión de futuro el contexto de un mundo que, a esa hora, se prendía fuego. El Presidente es o bien un hombre optimista o uno irreflexivo.
La hoguera de Irán podría apagarse en cuestión de días o pocas semanas y, en ese caso, el extremista de derecha tendría razón: lo que tenga que pasar con su programa económico y con los efectos sociales y políticos que produzca sólo surgiría, en tal caso, de dinámicas domésticas. Sin embargo, su eventual prolongación o su salida de control con una crisis caótica en el país atacado por Estados Unidos e Israel podría poner en peligro el proyecto reeleccionista ya lanzado.
El mundo se mareó ayer al girar en dos sentidos opuestos.
Por un lado, las noticias de la guerra indicaban cualquier cosa menos una limitación de violencia, geografía y tiempo.
Por el otro, la reacción del mercado financiero estadounidense –que marca el paso a buena parte del mundo y muy en particular a la Argentina– recortó los números de pánico de la apertura. Si Milei elige creer que la disrupción tendrá patas cortas, los grandes fondos que mueven a Wall Street hicieron, al menos en la víspera, lo mismo.
¿Tendrán razón?



