Marcelo Gallardo ya le puso punto final a su segundo ciclo como DT de River, pero el mensaje que dejó en el último partido ante Banfield sigue haciendo ruido. El eco generó oleaje. Más desde las reacciones, pero también con palabras, el entrenador se encargó de dejar en claro que no se trataba de un partido más. Quizás sin proponérselo de manera tan categórica, pero generaron más revuelo sus gestos que los tres puntos conseguidos como local.
Cuando el jueves puso un pie en el primer escalón para ingresar al túnel único del estadio Monumental e irse al vestuario local, denominado Ángel Labruna, comprendió que su mensaje había llegado como pocas veces ocurrió con el plantel durante su segunda etapa como técnico de River. El “Muñeeecooo, Muñeeecooo” dedicado a él mutó sin ningún tipo de preámbulo en una catarata de silbidos con los jugadores como destinatarios. En ese momento, Gallardo logró que su obra tuviera un éxito rotundo.
Minutos antes, River, con una formación inicial compuesta por ocho futbolistas surgidos de su semillero, le había ganado 3-1 a Banfield. Más allá de los tres puntos que sepultaron una racha de tres caídas consecutivas en el Torneo Apertura, la despedida de Gallardo expuso la relación quebrada con varios integrantes del plantel y también una división indisimulable entre los referentes: un grupo respaldaba al entrenador más ganador de la historia de River, mientras que otro estaba de acuerdo con su partida El gol de Lucas Martínez Quarta fue una invitación a repasar detenidamente cuadro por cuadro en las imágenes televisivas. El capitán de turno, ante la ausencia de Franco Armani y Juan Fernando Quintero, lesionados, inmediatamente buscó al DT para darle un abrazo, escoltado por Gonzalo Montiel y Lautaro Rivero. Matías Biscay, ayudante de campo y fiel ladero de MG fue testigo privilegiado al mismo tiempo que los suplentes se repartían entre aquellos que aplaudían la apertura del marcador y quienes preferían ignorar la alegría de un equipo que hasta entonces reunía cinco tantos al cabo de siete presentaciones oficiales. No fue un hecho eventual, propio de una distracción, sino todo un síntoma de un grupo humano que no atraviesa un presente de unidad tras conocer la decisión de Gallardo el lunes por la tarde, antes de iniciar la práctica posterior a la derrota frente a Vélez. En el vestuario principal del predio de Ezeiza se produjo un debate después de que el DT comunicara su adiós al no encontrar las respuestas futbolísticas que esperaba ni tampoco suficiente compromiso con sus ideas. Armani, el futbolista más longevo del plantel con 39 años de edad, tomó la palabra y les expresó a sus compañeros la necesidad de asumir la responsabilidad y salir adelante porque considera que no es lógico que River tenga que cambiar de entrenador dos veces en un lapso inferior a 24 meses.
Mientras tanto, entre lágrimas, Martínez Quarta, buscaba adhesiones para ir a convencer a Gallardo de que revirtiera su postura. El defensor no tuvo éxito y difícilmente hubiera cambiado la ecuación para el hombre nacido hace medio siglo en la ciudad bonaerense de Merlo.
Los juveniles del plantel escuchaban, sin emitir ningún tipo de opinión. Querían quedar al margen de cualquier manifestación que pudiera dividir aún más el grupo, cuyos exponentes fijaban posiciones: de un lado estaba la premisa de bancar a Gallardo. Y esa posición tenía como protagonistas a Montiel, el mencionado Martínez Quarta, Juan Fernando Quintero, Sebastián Driussi y Germán Pezzella, todos ellos multicampeones en el primer ciclo del DT. En el bando opuesto, Marcos Acuña era uno de los referentes que no se oponían a la renuncia y hasta se pronunciaba a favor. Maximiliano Meza realizó un comentario breve, queriendo suavizar las consecuencias del adiós del Muñeco, pero sus palabras no fueron bien vistas por algunos integrantes del plantel.
Un rato después, pasadas las 19 horas, los líderes del grupo conversaron con el presidente del club, Stefano Di Carlo. Ya era tarde para torcer la determinación de Gallardo, que el día anterior no había ocultado su malestar durante el entretiempo en el vestuario visitante del estadio José Amalfitani, enojado por el pésimo desempeño colectivo de la primera parte. Esa situación, acompañada del saludo breve y con olor a despedida al cabo de un nuevo traspié, dejó entre los futbolistas la sensación de que el final del ciclo era inminente. Ahí no había divisiones: todos habían interpretado lo mismo.
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