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domingo 8 de noviembre de 2026
POLITICA

Cuando el odio reemplaza a la razón, ¿quién decide nuestro futuro?

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hace 17 h
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Hace muchos años leí La ira, de Séneca, en la que reflexionaba sobre la ira y el peligro de dejar que nuestros sentimientos dominen la razón. Decía, en otras palabras, que cuando nos dejamos llevar por el enojo dejamos de pensar con claridad y podemos terminar haciendo cosas que, si nos detuviéramos a pensar, seguramente no haríamos. Tantos siglos después, aquella reflexión parece tener una actualidad sorprendente.





Basta con mirar lo que sucede a nuestro alrededor. Cada vez resulta más difícil discutir sin enojarse, escuchar a quien piensa diferente (aún en nuestras propias filas) o aceptar que alguien pueda tener otra mirada sobre los problemas del país. El rechazo al peronismo, y también a cualquier expresión política que plantee discutir la distribución de la riqueza o el papel del Estado, parece haberse convertido, para algunos, en una razón suficiente para rechazar cualquier cosa que venga de ese lado.


Por supuesto que podemos pensar distinto. Podemos estar de acuerdo o no con un gobierno, cuestionar sus decisiones, criticar sus resultados y defender otro modelo de país. De eso se trata la democracia. Pero una cosa es tener diferencias y otra muy distinta es odiar a quien piensa diferente.


Y esto no es un asunto menor. Los argentinos sabemos, por nuestra propia historia, que cuando el que piensa distinto deja de ser un adversario y pasa a ser un enemigo, las consecuencias pueden ser terribles. El odio alimenta la violencia, y la violencia puede iniciar un camino del que después resulta muy difícil volver.


Pero hay algo más que deberíamos preguntarnos: ¿puede el odio llevarnos a votar contra nuestros propios intereses? Pensemos en algo sencillo. ¿Cuántas veces podemos terminar apoyando decisiones que afectan nuestro trabajo, nuestros ingresos, nuestra jubilación o las oportunidades de nuestros hijos, simplemente porque preferimos que no vuelva a gobernar aquel partido al que rechazamos?


No se trata de decirle a nadie qué tiene que votar. Cada persona tiene sus razones, sus experiencias y sus convicciones. Se trata de algo mucho más simple: no permitir que el rechazo visceral a alguien nos impida pensar qué consecuencias tendrán las decisiones que apoyamos.

Y en este tiempo hay una dificultad nueva que no podemos ignorar. El mundo está cambiando a una velocidad enorme. La tecnología, la inteligencia artificial y las nuevas formas de comunicación están transformando nuestra manera de trabajar, de relacionarnos y hasta de entender lo que sucede a nuestro alrededor.


Hoy, buena parte de lo que sabemos nos llega a través del celular. Abrimos las redes y encontramos noticias, opiniones, videos y comentarios. Pero hay algo que muchas veces no advertimos: no todos vemos lo mismo. Las redes van aprendiendo qué nos interesa, qué nos enoja, qué compartimos y qué nos llama la atención. Entonces empiezan a mostrarnos más de aquello que ya pensamos o sentimos.


Si algo nos provoca bronca, probablemente encontremos muchos otros mensajes que alimenten esa bronca. Si rechazamos a alguien, podemos pasar horas viendo publicaciones que confirman que tenemos razón en rechazarlo. Así, casi sin darnos cuenta terminamos encerrados en una realidad donde todos parecen pensar como nosotros y donde el que opina distinto aparece como alguien peligroso.


Y esto tiene consecuencias políticas. Porque no solamente se trata de lo que vemos, sino también de cómo nos hacen sentir esos contenidos y de cómo pueden influir en nuestras decisiones. Los mensajes que generan miedo, enojo o indignación suelen circular mucho y muy rápido. Muchas veces los compartimos sin siquiera detenernos a comprobar si son ciertos.

No significa que las redes piensen por nosotros ni que hayamos perdido nuestra libertad. Pero sí debemos entender que existen herramientas capaces de influir sobre lo que pensamos, lo que creemos y hasta lo que sentimos. Por eso, hoy pensar por nosotros mismos es también una forma de defender nuestra libertad.


Pero este cambio tecnológico tiene otra dimensión que merece nuestra atención. Mientras nosotros discutimos y nos enfrentamos, hay un grupo cada vez más reducido de grandes empresarios que concentra una enorme parte de la tecnología, la información y los recursos que van a marcar nuestro futuro. Son los dueños de las grandes plataformas, de las redes y de buena parte de las herramientas que utilizamos todos los días.


Algunos de ellos cuestionan abiertamente la intervención del Estado y las reglas que buscan poner límites a su poder. Y aquí aparece una discusión que no podemos pasar por alto. En distintos lugares del mundo avanzan corrientes políticas que sostienen que la democracia está agotada, que el Estado no sirve, que las instituciones son un obstáculo y que hay que terminar con las regulaciones para dejar que el mercado resuelva todo.


Es cierto que nuestras democracias tienen problemas. Muchas veces no dan las respuestas que la gente necesita, hay desigualdad, corrupción y una distancia enorme entre quienes gobiernan y quienes viven las dificultades de todos los días. Eso debe cambiar. Pero una cosa es reclamar una democracia que funcione mejor y otra muy distinta es convencernos de que ya no sirve.


Porque deberíamos preguntarnos algo: si debilitamos al Estado, si eliminamos los controles y dejamos que los grandes grupos económicos hagan lo que quieran, ¿quién va a defender los derechos de los trabajadores, de los jubilados y de quienes no tienen poder económico? ¿Quién va a poner límites a las empresas que concentran la riqueza y la tecnología? ¿Quién va a controlar a quienes, sin haber sido elegidos por nadie, pueden influir sobre la vida de millones de personas?

Cuando el Estado pierde capacidad para controlar esos poderes, ese lugar no queda vacío. Lo ocupan quienes tienen el dinero, la tecnología y la capacidad de imponer sus propias reglas.


Y esto no sucede solamente en otros países. También forma parte de las discusiones que atravesamos en la Argentina. Lo que ocurre en el mundo y las ideas que impulsan dirigentes como Donald Trump y Javier Milei tienen puntos de contacto, aunque cada país tenga su propia historia y sus propias particularidades.


No se trata de defender un Estado que no funciona ni de negar que necesita cambios. Se trata de entender que el Estado debe estar al servicio de la sociedad y que la democracia es la herramienta que tenemos para decidir colectivamente cómo queremos vivir. Por eso, quienes gobiernan tienen una responsabilidad enorme. 


Las personas somos seres racionales, pero también tenemos sentimientos, enojos, frustraciones y pasiones. Eso es parte de nuestra naturaleza. La política también necesita pasión, porque sin ideales, sin esperanza y sin compromiso difícilmente se puedan transformar las cosas.


Pero hay una diferencia fundamental entre sentir con pasión y gobernar desde el odio. Quien conduce o quiera conducir los destinos de una nación no puede permitir que sus enojos personales, sus resentimientos o sus deseos de revancha determinen sus decisiones. Tiene la obligación de gobernar para todos, incluso para quienes no lo votaron y para quienes piensan diferente.

Gobernar no es profundizar las divisiones. Es buscar soluciones para una sociedad que tiene problemas y necesidades distintas. Y para eso hacen falta responsabilidad, equilibrio y razón.

Pero la responsabilidad también es nuestra. Somos nosotros quienes tenemos que informarnos, escuchar, preguntar, comparar y pensar antes de tomar una decisión. No tenemos que aceptar todo lo que vemos en las redes, ni creer que algo es cierto simplemente porque lo repiten miles de personas. Tampoco debemos dejar que otros nos digan a quién tenemos que odiar.


Y esto adquiere una importancia enorme cuando llega el momento de votar. Votar no debería ser una descarga de bronca ni una revancha contra alguien. Tampoco debería ser un acto de fe en un dirigente o en un partido. Votar es decidir qué país queremos, qué modelo de sociedad defendemos y qué futuro estamos dispuestos a construir.


Deberíamos preguntarnos qué proponen quienes quieren gobernar, a quiénes benefician sus decisiones, quiénes pagan sus consecuencias y qué oportunidades tendrán nuestros hijos.


Porque cuando ponemos un voto en una urna no estamos decidiendo solamente quién ocupará el gobierno durante los próximos cuatro años. Estamos tomando decisiones que van a influir sobre la vida de nuestros hijos, de nuestros nietos y de las generaciones futuras.


Quizás haya llegado el momento de recuperar aquella vieja enseñanza de Séneca. No se trata de dejar de sentir, de abandonar nuestras convicciones o de renunciar a nuestras diferencias. Se trata de no permitir que el enojo y el odio piensen por nosotros, “la razón por encima de la pasión”.


La tecnología puede cambiar el mundo, las redes pueden influir sobre lo que vemos y los poderosos pueden intentar imponer sus intereses. Pero hay algo que no deberíamos entregar nunca: nuestra capacidad de pensar y decidir libremente.

La razón y el pensamiento crítico también son una forma de resistencia en defensa de nuestra libertad.

Porque, al final, nuestro voto no debería estar decidido por el odio hacia alguien, sino por la reflexión sobre el país que queremos dejarles a nuestros hijos y nietos.


Y ese futuro, el de ellos y el de toda la Argentina, merece mucho más que nuestra bronca. Merece nuestra responsabilidad.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


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