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Cuando el trabajo deje de ser el centro
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Cuando el trabajo deje de ser el centro

La automatización, la robotización y la inteligencia artificial han comenzado a modificar aquello sobre lo que construimos nuestra sociedad durante siglos: la centralidad del trabajo humano. El desafío no es detener el progreso tecnológico, sino impedir que una sociedad que necesita cada vez menos trabajo humano termine considerando que también necesita menos trabajadores.

 

En esta fábrica china han sustituido al 90% del personal con robots y la producción ha crecido un 250%(*)



Columna de Opinión

Por: José “Pepe” Armaleo*


Durante mucho tiempo, imaginar un mundo en el que las máquinas pudieran realizar una parte sustancial del trabajo humano parecía una cuestión de ciencia ficción. Hoy ya no lo es. La inteligencia artificial, la robotización y la automatización avanzan sobre actividades que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas.


No sabemos cuándo ni hasta dónde llegará ese proceso. Pero sí podemos reconocer una tendencia: la tecnología permite producir cada vez más con cada vez menos trabajo humano.


Es cierto que cada revolución tecnológica destruyó determinadas ocupaciones y creó otras. Pero esa constatación histórica no debería llevarnos a ignorar la cuestión central. La frontera tecnológica se desplaza permanentemente hacia aquello que antes necesitaba intervención humana. La mecanización avanzó sobre la fuerza física; la automatización sobre las tareas repetitivas; la robotización incorporó capacidades cada vez más complejas; y ahora la inteligencia artificial comienza a avanzar sobre tareas cognitivas, administrativas, profesionales y creativas, y los tiempos en que esto sucede son cada vez más rápidos.


El problema, entonces, no es solamente cuántos empleos desaparecerán mañana ni cuántos nuevos aparecerán pasado mañana. El problema es comprender hacia dónde se dirige el proceso.


Porque nuestra sociedad está organizada históricamente alrededor del trabajo. Trabajamos para obtener ingresos, pero también construimos alrededor del trabajo nuestra identidad, nuestros derechos, nuestra seguridad social, nuestras relaciones y buena parte de nuestra integración comunitaria.


El capitalismo hizo del trabajo asalariado una pieza central de su organización económica. El marxismo convirtió al trabajo en el núcleo de su crítica al capitalismo. Desde perspectivas opuestas, ambos partieron de una misma realidad histórica: el trabajo estaba en el centro de la sociedad.


¿Pero qué ocurre cuando esa premisa comienza a dejar de existir? Si algún día podemos producir una enorme cantidad de riqueza utilizando una fracción del trabajo humano actual, el problema dejará de ser simplemente cómo conseguir empleo para todos. Tendremos que preguntarnos cómo garantizar una vida digna para todos cuando ya no sea necesario que todos trabajen para producir la riqueza que la sociedad necesita.


Y aquí aparece una pregunta importante: ¿quién se quedará con esa riqueza?.


Pero antes de entrar en esa pregunta vamos un paso atrás. Una fábrica puede incorporar robots y producir lo mismo con cien trabajadores menos. Pero esos robots fueron diseñados, fabricados, programados, financiados, instalados y mantenidos por otras empresas y por otros trabajadores. Detrás de cada sistema automatizado existen máquinas, software, chips, energía, infraestructura, conocimiento y capital.


Por eso la automatización no solamente destruye determinados puestos de trabajo. También reorganiza el trabajo y redistribuye la renta a lo largo de una nueva cadena tecnológica.


La pregunta no debe ser únicamente qué ocurre con los trabajadores desplazados. Debemos preguntarnos quién fabrica los robots, quién controla las patentes, quién posee los datos, quién desarrolla los algoritmos, quién controla la infraestructura y, sobre todo, quién captura el aumento de productividad.


Porque una cosa es que la sociedad produzca más riqueza y otra muy distinta es ¿quién se apropia de esa riqueza?

Y aquí aparece la cuestión de la renta tecnológica. La tecnología puede multiplicar la productividad de una economía, pero si sus beneficios quedan concentrados en quienes poseen el capital y controlan las tecnologías estratégicas, el resultado puede ser una sociedad extraordinariamente productiva y, al mismo tiempo, profundamente desigual.


Por eso hay una frase que debería estar en el centro de esta discusión: la misma tecnología puede producir sociedades radicalmente diferentes.


Pero depende de quién la controle, para qué se utilice y cómo se distribuya la riqueza que genera. Y allí aparece el Estado.

No como enemigo de la innovación. No para detener el progreso ni para conservar artificialmente puestos de trabajo que la tecnología vuelve innecesaria. Sino como contrapeso frente a las asimetrías de poder: entre el capital y el trabajo, entre el fuerte y el débil, entre quienes controlan la tecnología y quienes quedan sometidos a sus consecuencias.


Cuando el Estado se retira (algunos sostienen que se desplaza) frente a una gran asimetría de poder, el poder no desaparece. Simplemente queda en manos de quienes tienen capacidad para ejercerlo. Por eso la discusión no es Estado sí o Estado no. Es qué Estado necesitamos para gobernar la transformación tecnológica.


Uno que promueva la innovación, pero también proteja la competencia, los derechos laborales, los datos personales y el conocimiento; que invierta en ciencia, educación e infraestructura; que regule los usos de la inteligencia artificial cuando estén comprometidos derechos fundamentales; y que construya nuevas formas de seguridad social para una economía en la que el trabajo puede dejar de ser el principal mecanismo de distribución de la riqueza. ¿O uno que deje librado a las fuerzas del mercado a que se autorregule? Esto nos obliga a discutir el modelo de sociedad que queremos construir.


La transformación tecnológica no puede quedar librada exclusivamente a la lógica de la rentabilidad. Si quienes controlan las tecnologías se quedan con la mayor parte de los beneficios y quienes pierden sus empleos cargan con los costos, tendremos una sociedad en la que las ganancias son privadas y las consecuencias sociales son colectivas.


Una transición tecnológica justa busca impedir que los beneficios de la automatización queden concentrados mientras sus costos son socializados.


Por eso necesitamos comenzar a pensar un nuevo contrato social para la era tecnológica.


Un contrato que contemple una reducción progresiva de la jornada laboral cuando los aumentos de productividad lo permitan; una nueva seguridad social que no dependa exclusivamente del empleo; mecanismos de distribución de la renta tecnológica; educación y formación permanente; regulación democrática de la inteligencia artificial; y el reconocimiento económico y social del trabajo de cuidados.


Si las máquinas permiten producir más con menos trabajo humano, parte de ese beneficio debería traducirse también en más tiempo de vida, mejores condiciones de existencia y mayor libertad para las personas. No se trata de detener la tecnología. Se trata de decidir para qué queremos utilizarla.


Porque hay una diferencia fundamental entre una sociedad que utiliza la tecnología para liberar tiempo humano y una sociedad que utiliza la tecnología para descartar seres humanos.


Y esa diferencia no la determina el algoritmo. La determina la política.


El verdadero desafío del futuro no será impedir que las máquinas reemplacen al ser humano. Será impedir que una sociedad que necesita cada vez menos trabajo humano termine concluyendo que también necesita menos seres humanos.


Durante siglos luchamos para que el trabajo otorgara derechos y dignidad. Ahora debemos prepararnos para una época en la que la dignidad no pueda depender exclusivamente del trabajo.


Porque quizás el gran desafío del siglo XXI no sea conseguir que los seres humanos trabajen cada vez más para competir con las máquinas.


Quizás sea conseguir que las máquinas trabajen cada vez más para que los seres humanos puedan vivir mejor.

El futuro del trabajo no se decide solamente en los laboratorios, las fábricas o las empresas tecnológicas. Se decide también en la política, en las instituciones y en la capacidad de una sociedad para distribuir los beneficios del progreso.


La tecnología va a avanzar. La pregunta es si vamos a dejar que ella determine la sociedad que tendremos o si, por el contrario, vamos a decidir democráticamente qué sociedad queremos construir con ella.



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El Comunicador de Zona Norte



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