Hay artistas que reflejan su época y hay otros, escasísimos, que la inventan. Carlos Alberto Solari, “El Indio”, pertenecía a esa estirpe de creadores que no se limitaron a musicalizar el subsuelo de una nación, sino que tradujeron sus dolores, sus cinismos y sus secretas esperanzas en un evangelio de masas. Su muerte no solo cierra una página dorada del rock en español; clausura el último gran misterio de nuestra cultura popular. Con la partida del exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, desaparece no solo un letrista críptico y un vocalista formidable, sino el creador de un fenómeno sociocultural inédito a nivel global. El hombre que se rehusó a las reglas de la industria y terminó fundando su propia mitología.
Nacido en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949, pero forjado en la efervescencia platense de los años setenta, Solari fue, ante todo, un intelectual de trinchera enrolado durante su juventud en el canon que el mismo señalara como de la “Cultura del Rock”. Junto a Skay Beilinson y la mítica “Negra” Poli, transformó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en una anomalía hermosa y peligrosa. Mientras el establishment dictaba las leyes del marketing, ellos inventaron la autogestión. De los sótanos del circuito underground al estallido de los estadios a finales de los ochenta, el Indio operó como un chamán esquivo que jamás negoció su misterio.

.jpg)

