El derramamiento de sangre virtual desatado entre las huestes de Santiago Caputo y las de Karina Milei es revelador de algunos de los problemas más severos que atraviesan a la extrema derecha que rigorea a la Argentina.
Por un lado, expone la falta de contenido de una lucha facciosa y, por el otro, las aristas más opacas de la construcción política y narrativa de La Libertad Avanza (LLA). En tanto, en el centro de la torta, como una enorme y refulgente cereza roja, reina la rotunda incapacidad de Javier Milei para conducir el conjunto.

El coronel del asesor sin firma, Daniel Parisini –alias "Gordo Dan"–, y la vocera oficiosa de Milei Hermanos y conocedora de mil secretos, Lilia Lemoine, fueron los protagonistas de un ida y vuelta violento –y también un tanto estúpido– el último viernes. La berretocracia se expuso en toda su precariedad y, de hecho, formalizó la ruptura de de un "triángulo de hierro" del que ya nadie habla en la Casa Rosada.

Las comparaciones que se realizan con el Ezeiza del peronismo setentista –apenas metáforas ingeniosas– no hacen más que resaltar el contraste entre esta menudencia y aquella pelea verdaderamente agónica y plena de drama. Tal vez sea mejor así.
En el fragor de la batalla del viernes, el ingeniero del caos se autopercibió San Martín y arengó a su tropa ser libre y a romper todo porque "lo demás no importa nada".

¿Se rompe?
Cuando, por fin, en ambos bandos bajó la orden de frenar la balacera –la que incluyó una referencia de baja estofa sobre la intimidad de la secretaria general de la Presidencia en el canal de streaming Carajo–, Parisino trató de bajarle el tono a lo ocurrido para evitar el paso final: la ruptura.
Tras admitir que "el cruce fue jodido", dijo que "las trompadas nos las tenemos que meter ahora, que no es año electoral. Esto es para llegar bien dentro del año electoral, digamos".
"Si no, nos va a pasar lo que le pasó al peronismo. Fijate que no discutieron el modelo y les estalló la interna que muchos auguraban y que entre ellos muchos pedían, de quién conduce al peronismo y bajo qué idea o qué estandarte. Nunca la dieron", concluyó Dan.
Aunque trató de pegarle de punta a la tribuna, la referencia es interesante: aunque no lo quiera, la gente dice cosas cuando habla.
¿Qué significa "discutir el modelo"?
En el mundo de la extrema derecha no hay ningún modelo de país en entredicho, ni sobre el hiperajuste, la motosierra y la licuadora enchufada de nuevo o las fragilidades del plan de Toto Caputo. Tampoco sobre una política exterior caprichosa, edificada sobre apenas dos gobiernos –ni siquiera dos países– y ajena a cualquier noción de interés nacional. Menos sobre una praxis que violenta a la sociedad, destruye los lazos de comunidad e instala un clima tóxico para la democracia.

La discusión facciosa es política. O, mejor dicho, por espacios de poder. Como se confesó Parisini: "quién conduce" y "bajo qué idea o qué estandarte".
El problema de los caputistas –esa curiosa militancia digital amparada en el aparato de Estado– es múltiple:



